INTRODUCCION A LA HISTORIA
FABIAN DI STEFANO
ISP. JOAQUIN V. GONZALEZ / MTO. DE EDUCACION CABA
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FABIAN DI STEFANO
Publicado el: 16.05.2012
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Enrique Florescano
La función social de la historia
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  • Qué es la Historia, cap. 2

    Jonathan Haslam: E. H. Carr. Los riesgos de la integridad.

    Valencia, PUV, 2008, 410 págs.

    Es posible que una biografía dedicada a Edward Hallet Carr (1892-1982) no tenga miles y miles de lectores. La vida de un historiador no suele ser excitante. Pero la existencia de Carr sí que fue activa, controvertida, audaz y, en cierto sentido, infausta. De entrada, la jornada de un académico no está repleta de acontecimientos vertiginosos. Por eso, un espectador o un lector ávidos de emociones fuertes no encontrarán diversión o entretenimiento en las páginas de su biografía. Pero la vida de E. H. Carr fue raramente entretenida, con empeños personales, con polémicas intelectuales.

    Entregado obsesiva y agotadoramente a la investigación y a la escritura de estudios monumentales, aún tuvo tiempo de tener amores desgraciados. Su vida no se presta al chisme, al cotilleo, pero sus matrimonios o sus relaciones algo desastrosas muestran la soledad emocional que el académico nunca pudo evitar.

    La trayectoria de un historiador, su formación intelectual, sus ocupaciones, su entorno familiar, sus sentimientos, etcétera, no suelen interesar al público común. Las biografías de celebridades son de otra índole y también las audiencias a las que se destinan. E. H. Carr. Los riesgos de la integridad (PUV), de Jonathan Haslam, no tendrá ventas millonarias. Pero las cosas que en él se tratan –el siglo que se narra, sus circunstancias diplomáticas, académicas y periodísticas– deberían interesar a cualquier ciudadano medianamente preocupado por su tiempo. E. H. Carr estuvo en lugares muy relevantes en los momentos más decisivos. Estuvo en la Primera Guerra Mundial, entre los diplomáticos británicos que asistían a su fin. Estuvo en Rusia y en algún Estado del Báltico tras la Revolución bolchevique: a sus causas, a su desarrollo, a su impacto, a sus primeros años, le dedicó prácticamente su vida. Para ello escribió una monumental Historia de la Rusia soviética cuya erudición y precisión aún nos desconciertan. Ejerció de editorialista en The Times cuando ese periódico dictaba la opinión británica, cuando era la referencia dominante de Europa. Allí, en sus columnas firmadas con seudónimo, con nombre propio o anónimamente observó y subrayó, analizó las relaciones internacionales y el papel que el presente y el porvenir le reservaban a la Gran Bretaña. Estuvo en Cambridge como estudiante y luego como profesor cuando dicha Universidad era el centro académico del Imperio.

    Investigó en distintos archivos, becado por diferentes fundaciones, recolectando documentos e informaciones que eran imprescindibles para su trabajo. La consulta de un documento histórico no es algo rutinario o
    intrascendente. Bien mirado, ese acto de lectura exalta: el historiador descubre lo que ignoraba y eso que descubre tiene conexión con otros datos hasta formar con ellos una red de significados. Y toda esa emoción puede experimentarse en la soledad de un gabinete…

    Imaginemos la escena corriente, la vivida por cualquier investigador. Sentado a la mesa, con su escritorio repleto de notas, de textos, de fichas, de libros, de fotocopias, un historiador sólo se permite unas pocas escapadas: al archivo para documentarse, para ampliar conocimientos, para confirmar datos o hipótesis, para desmentir falsas impresiones. Los investigadores son gentes normalmente sedentarias que deben consumir horas y horas en silencio, quemándose las pestañas, consultando papeles polvorientos, legajos de otro tiempo. ¿Qué puede haber de aventurero en ese trabajo lento y minucioso? Un historiador no suele ser un hombre de acción: no interviene en el presente, no realiza o consuma su trabajo inmediatamente. Recluido en su gabinete emprende una operación muy rara, muy extraña: la de exhumar lo pretérito. O hacer como que exhuma lo que está inerte y enterrado. Propiamente hablando, el pasado no existe: de ese otro tiempo sólo quedan restos, vestigios escasos de un mundo ya desaparecido, de unos actos que ya se realizaron. El instante no dura y lo que hacemos ya es pasado en el momento en que se consuma o completa. Permítaseme una metáfora para explicar el papel del historiador.

    Al caminar, los seres humanos hendimos el suelo y dejamos huellas, pero eso que queda siempre es escaso, el negativo o el pálido reflejo de nuestro pie. O, si se quiere, lo estrictamente superficial: la huella (o la prueba) es poca pero permite un vaticinio, un examen retrospectivo de lo que fuimos o hicimos o pensábamos al caminar. Un historiador, un experto, podrá analizar esos restos que han quedado. Al modo de un cazador que descifra los escasos vestigios que la fiera ha dejado, el investigador reconstruye: con su pericia, con su experiencia, con su formación, presentará el curso de los acontecimientos; nos dirá quién caminó por allí y hacia dónde se dirigía. Si cuenta con más datos podrá conjeturar los motivos de aquel paseo, incluso las intenciones del paseante. Podemos recordar ahora a Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. En la novela de Umberto Eco, el avispado monje se fija en la huella dejada sobre la nieve y con ese resto aventura lo que ha pasado y él averigua. Pero esta imagen que propongo para explicar la tarea de historiador es quizá demasiado estática, la de un detective que escudriña y no interviene.

    En realidad, el historiador es un observador que mira un paseo que no ha acabado, un proceso al que él se ve arrastrado, una marcha multitudinaria que no se detiene, que afecta a todos, y cuyos pasos aún resuenan. En última instancia, ese observador no está emplazado en un lugar omnisciente: ve menos de lo que los protagonistas directos pueden ver cuando las cosas ocurren, pero ve más de lo que los personajes consiguen distinguir gracias al plano general que obtiene. Él aún está ahí, en medio de ese proceso en
    marcha… La imagen no es mía. La tomo en préstamo de E. H. Carr, de su obra más límpida, más enérgica, más cautivadora: ¿Qué es la historia? (1961).

    Concreta y literalmente dice lo siguiente: “hablamos a veces del curso histórico diciendo que es ‘un desfile en marcha’. La metáfora no es mala”, admite E. H. Carr, “siempre y cuando el historiador no caiga en la tentación de imaginarse águila espectadora desde una cumbre solitaria, o personaje importante en la tribuna presidencial. ¡Nada de eso! El historiador no es sino un oscuro personaje más, que marcha en otro punto del desfile”. Más aún, añade Carr, “el historiador es parte de la historia. Su posición en el desfile determina su punto de vista sobre el pasado”. No somos águilas espectadoras pues nos sabemos dentro de esa marcha, colocados en una parte. Pero desde luego ambicionamos encontrar un punto de vista que nos eleve algo por encima de ese desfile.

    He citado ¿Qué es la historia? Ese volumen es una espléndida exégesis de la disciplina, seguramente el libro más perdurable de las introducciones que se han publicado en el siglo XX. Estemos de acuerdo o no con cada uno de sus enunciados, Carr muestra aquí, en sus páginas, toda su energía reflexiva, toda
    su ironía expresiva, toda su imaginación erudita, todo su humor polémico, todo su indomable individualismo, toda su experiencia intelectual, todo su agonismo.

    Maravillan y aún sorprenden su prosa recia e irónica, las bromas que el severo académico se permitía, el common sense o ese toque levemente progresista que se consentía. O también la precisión de sus metáforas y el apasionamiento de su rigor. El volumen era ejemplo excelso del mejor método inglés. ¿Quién era su autor? ¿Un académico cómodamente instalado en una cátedra, ajeno al mundo convulso del Novecientos? Carr no fue un docente corriente. No fue un académico normal, sino un outsider, un historiador sobrevenido, un diplomático con estudios clásicos que supo estar en el centro de un desfile en marcha. Eso sí: elevándose.

    Supo, en efecto, mirar con perspectiva, sin ser arrollado por su tiempo y por las ideas recibidas: un victoriano nacido en 1892, un liberal británico de destino previsible. Pero, en cada página de aquella maravillosa obra, el
    historiador perdía materialidad y límite, posición y determinación, hasta identificarse con algunos de sus objetos: la Rusia soviética, por ejemplo. Su lectura es una delicia que se contagia, por ejemplo, al libro de
    Jonathan Haslam, a su biógrafo. Porque, en efecto, no se puede escribir una biografía tediosa del historiador. Quien se atreve a contar la vida de Carr ha de estar a su altura o, al menos, en un lugar prominente, dispuesto a valerse de su figura y de sus cualidades. Debe investigar bien, profusamente: como el biografiado. Y, sobre todo, debe escribir con intriga y claridad, con documentos e imaginación.

    Carr no creó una escuela, no capitaneó una corriente historiográfica, no fue profesor de principio a fin, no completó la carrera diplomática en el Foreign Office, no ejerció el periodismo con dedicación exclusiva. Pero tanteó todo ello, los mejores trabajos intelectuales, aquellos que le permitían ser individuo y espectador, agente y analista, siempre situado en excelentes observatorios. Obró, pues, como un historiador y como interventor. La historia no es un proceso que todo lo arrastre y del que no podríamos escapar; la historia no es un devenir que todo lo aplaste, que fatalmente se imponga. Como inglés nacido libre, Carr no lo podía aceptar. Si la historia fuera eso, si la realidad sólo fuera eso, los individuos seríamos meros exponentes o autómatas, determinados por causas que ignoramos. En esa circunstancia viviríamos en una feliz irresponsabilidad, en un fatalismo servil. Ahora bien, la historia no es el acto individual incondicionado.

    Sobre esto, sobre esta cuestión insoluble, debatieron el historiador E. H. Carr y el filósofo Isaiah Berlin: sobre la acción humana, sobre la causa como explicación, sobre la determinación, sobre el libre arbitrio. El volumen de E. H. Carr –que ha servido para ilustrar a varias generaciones acerca de la historia, que se ha empleado como introducción a los asuntos y a los debates de la historiografía, que, en definitiva, se ha utilizado para educar a varias cohortes de jóvenes historiadores– aborda en efecto el papel que cabe atribuir al individuo. Más aún, ese libro trata expresamente la cuestión del individualismo, dando soluciones y respuestas polémicas, tan controvertidas que llegaron a ser insatisfactorias incluso para el propio autor varios años después. Entre los diferentes individualismos de que se ocupaba podemos mencionar dos. Por un lado, el que para entendernos llamaremos individualismo moral; y, por otro, el que universalmente se llama
    individualismo metodológico.

    El primero lo abrazó Carr: un buen británico. Tomar al individuo como fin y no como medio era, a su juicio, el único modo con que contamos para construir una sociedad decente: una sociedad que no se imponga sobre cada uno de sus miembros, una sociedad que tome a sus integrantes como metas y no como instrumentos. El viejo precepto kantiano, el aserto ilustrado, el viejo supuesto liberal, lo vemos reproducido sencilla y llanamente en un historiador que a la vez declara sus afinidades, sus simpatías con Karl Marx cuando afirma la naturaleza científica de la disciplina y, por tanto, cuando concibe la pesquisa histórica como explicación causal. Pero, atención, lo vemos reproducido en un historiador nacido en la época victoriana que, a la postre, era hijo y deudor de la mejor tradición británica, aquella que se funda en ese mito delinglés nacido libre.

    El individualismo moral nos hace responsables a cada uno de nuestros actos y hace de la elección la condición de posibilidad de una vida digna para los seres humanos. Pero, fuera de esto, cualquier otra forma de individualismo le parecía objetable a E. H. Carr: justamente por eso se oponía con severidad y dureza a las defensas del individualismo metodológico que profesaba Berlin y que al filósofo le hacían ponerse en guardia frente a la noción misma de causalidad histórica. Contra esta posición y en sintonía con la cultura historiográfica europea de entonces, E. H. Carr rebajaba el papel del individuo en la acción histórica, el escaso efecto y el menguado relieve que el sujeto ejercería en el devenir y en los hechos históricos. Justamente por eso y como hegeliano sobrevenido, admiraba el proceso ineluctable de la historia: de la revolución rusa en particular. Un proceso histórico que es un progreso, que es el progreso: una convicción que no está tan lejos de las viejas certidumbres victorianas.

    Carr había nacido en una familia de comerciantes, en el seno de la clase media. Por diversas razones, sus padres mantuvieron una distancia emocional que le afectó gravemente y a lo largo de toda su vida. De
    hecho en su etapa infantil, el pequeño Ted será educado por una tía, la tía
    Amelia, que le mostró severidad y rigorismo. Crecerá, dice Haslam, como un
    “niño aislado (…) que ansiaba ser amado y que, sin embargo, al mismo tiempo aprendió a contener la mayor parte de sus emociones”. Su contacto con el mundo será fundamentalmente libre, documental, y esos observatorios que frecuenta (la diplomacia, el periodismo, la universidad, el archivo) le sirven para confirmar o corroborar lo que su inmensa erudición ya había reunido.

    A pesar de ser un hombre de mundo detestará la vida social y los peajes de la diplomacia cotidiana: es patético lo mal que se desenvolvía entre bambalinas. A pesar de casarse con varias mujeres (o tal vez por eso) evitará los vínculos emocionales firmes, duraderos: de hecho, su vida sentimental fue bastante desastrosa, como si Carr fuera la última víctima de la severidad victoriana. A pesar de ser tan británico y racionalista, a pesar de ser hegeliano en su madurez, admirará el alma rusa, lo pasional, lo extremado, lo romántico. Vivió esas contradicciones, vivió con dolor y heridas, y sobrevivió con la firme convicción de su valía, de su inteligencia, de su destino…

    No toleraba lo flácido o lo inconsecuente: “antepuso la eficacia a la moralidad; detestaba cualquier muestra de debilidad; se mostraba intolerante ante la incompetencia”, señala Haslam. “Tal vez todo esto no resulte tan extraño en un hombre que fue educado para conseguir las metas más altas ya desde su infancia y que, durante algunas etapas de su juventud (un hábito que recuperaría en sus últimos años), solía leer a Nietzsche y a Spengler. Ya en su vejez, le irritaba incluso el que le sirvieran la comida dos minutos después de lo que él tenía previsto”, añade el biógrafo. “Sólo a través de la anulación de sus emociones y del desarrollo de una destreza intelectual en un vacío moral justificarían lo despiadado que podía llegar a ser en la defensa de sus opiniones excepcionales”.

    La obra de Jonathan Haslam es un perfecto ejemplo del género biográfico inglés. El volumen es un compendio minucioso e irónico de una vida. En sus páginas, el biógrafo evita juzgar con arrogancia y superioridad. No le afea su conducta. Le tiene simpatía y admiración y, a la vez, sopesa sus errores y sus aciertos con cautela. Le tolera sus incongruencias sin por ello asearlo o mejorarlo. La prosa es ágil y la traducción de Belén Quintás no suele desfallecer. La biografía de Haslam es una invitación a atravesar el siglo de la mano de E. H. Carr. No encontraremos mejor guía. Eso sí: siempre que después reiniciemos la marcha por su cuenta. Como el propio Carr hizo, observando libre, individualmente. Por ejemplo, la historia de Rusia.

    En efecto, para Carr y para Haslam, el historiador es alguien que observa, alguien que está en el desfile de la historia, alguien que se aúpa para divisar cerca y lejos: como un rastreador de huellas. Le interesa un objeto histórico, algo ocurrido, y se dispone a enterarse. Sé que la del rastreador es una analogía –y como tal de valor aproximado– pero no encuentro otra imagen que exprese mejor lo que el historiador hace inicialmente, lo que Carr hacía y subraya Haslam. Está atento a lo que le rodea, a ese desfile en marcha, para distinguir vestigios que otros no ven: como aquel Guillermo de Baskerville imaginado por Umberto Eco. Y esos vestigios son restos del pasado, restos materiales o inmateriales: documentos que le sirven para hacerse una idea aproximada de lo que pudo ser y ya no está. Porque el pasado por inmediato que sea no existe, ya está desaparecido, y sólo con eso –con eso que queda– el historiador podrá conjeturar la parte del entero, el hecho en su circunstancia y el acto en su contexto.

    El documento no es copia ni reflejo completo de lo que sucedió, sino algo escaso, como una fotografía que congela la vida que transcurre, una vida que sobrepasa el marco, el campo de lo retratado: una vida de la que vemos una imagen superficial, muda; una imagen cuyos protagonistas se nos presentan, se nos muestran sólo en parte, adoptando poses, enfocados a partir de una determinada perspectiva. ¿Qué pensaban, qué se decían entre sí? ¿Qué había ocurrido antes de que los retrataran? ¿Qué sucede inmediatamente después de que el fotógrafo inmortalizara ese hecho? El historiador suele contar con otros retratos de los mismos personajes: quiero decir, el historiador no se maneja con un solo documento, sino con otros muchos que le sirven para completar la información limitada de ese primer documento. Como nos advierte Haslam, E. H. Carr operaba básicamente con fuentes escritas, con lo que los testigos o protagonistas decían de sí mismos o de los hechos. Por eso, la analogía del retrato que he propuesto hay que tomarla como lo que es: una
    licencia que me sirve como ejemplo.

    El historiador tiene, ya digo, documentos varios, cuantos más mejor. Y Carr reunió obsesivamente datos y más datos extraídos de series escritas, de fondos pertenecientes a distintos archivos. ¿Para documentar qué cosa? La historia de la Rusia soviética, la magna obra a la que se entregó durante años y años. Como historiador dedicado a la edad contemporánea, Carr acopiaba sus informaciones habiendo transcurrido pocos años desde los hechos (antes y después de 1917). Le faltaba, pues, una perspectiva de larga duración: no podía hacerlo de otro modo. Pero por eso tuvo mayor mérito su esfuerzo, un esfuerzo de exhaustividad, de prudencia analítica. ¿Reúne datos y ya está? No, por supuesto: ha de dar sentido a lo que trata, analiza y, sobre todo, ha de narrarlo, ha de darle un hilo conductor.

    El historiador establece un entero de informaciones, todo aquello que puede saber de esos actos del pasado para pasarlo a un relato histórico. Y eso que puede saber no es todo lo que sucedió: de todo lo acontecido no hay registro o lo que se conserva no es necesariamente lo más relevante. Él selecciona a partir de algún criterio fundamentado. Y es que los datos no se parecen “en nada a los pescados en el mostrador”, dirá Carr con una imagen bien gráfica. “Más bien se asemejan a los peces que nadan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesible; y lo que el historiador pesque dependerá en parte de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar en que decida pescar y del aparejo que haya elegido, determinados desde luego ambos factores por la clase de peces que pretenda atrapar”, añadirá en ¿Qué es la historia?

    oria.
    O, como dijera, Carlo Ginzburg en un pasaje de Mitos, emblemas, indicios: “en el c¿Peces, datos? La analogía propuesta por E. H. Carr, la de la pesca, recuerda aquella otra que Carlo Ginzburg también propondrá: la de la caza. El historiador italiano se inspiró en Carr, cuya obra más conocida tradujo para la editorial Einaudi con el título de Sei lezzioni sulla storia. En la pesca hay una parte de suerte. Pero hay también una experiencia previa que lleva a preferir ciertos caladeros frente a otros. Y hay unos aparejos que facilitan o no las capturas, determinadas capturas. Por tanto, el pescador no lo libra todo al azar y, como el cazador prehistórico, sabe qué buscar y dónde. El historiador no acude al mostrador de la pescadería, sino a alta mar sirviéndose de su saber y de su suerte. Otea el horizonte o husmea, como hacen los cazadores experimentados desde la prehisturso de sus interminables persecuciones, los cazadores aprendieron a reconstruir el aspecto y los movimientos de una presa invisible a través de sus rastros: huellas en terreno blando, ramitas rotas, excrementos, pelos o plumas arrancados, olores, charcos enturbiados, hilos de saliva. Aprendieron a husmear, a observar, a dar significado y contexto a la más mínima huella.
    Aprendieron a hacer complejos cálculos en un instante, en bosques umbríos o claros traicioneros. Sucesivas generaciones de cazadores enriquecieron y transmitieron este patrimonio de saber”. Pues bien, el historiador observa, da significado y contexto a la más mínima huella: pesca o caza con experiencia, sabiendo además que todos esos datos que acopia no son las piezas, sino los vestigios que quedaron. La analogía del pescador o del cazador llega hasta aquí: quien pesca o caza realmente puede regresar con las piezas que ha capturado. Quizá pocas, pero a la postre son piezas enteras. En cambio, el historiador no vuelve con los hechos completos: ni siquiera con una parte de los hechos. El historiador regresa con datos, las huellas dejadas por los seres humanos, restos no son necesariamente congruentes entre sí.

    Hay, en efecto, contradicciones, porque el investigador se maneja con versiones. Los documentos son eso: versiones de hechos, contemporáneos o posteriores a los mismos. El historiador ha de dar su versión, que no es una opinión dicha a bote pronto, sino una reconstrucción metódica, erudita, laboriosa, fundamentada, prudente, una reconstrucción que es la escritura de un pasado a partir de lecturas y lecturas, de consultas y consultas, a partir de una observación objetiva.
    La objetividad no es el acierto definitivo o la equidistancia. Tampoco es la explicación irreversible de los hechos, la interpretación ya clausurada de los actos. La objetividad es el rigor, la disciplina, la documentación, el respeto a los hechos, la precisión. Y, como le gustaba decir a Carr, la precisión no es una virtud del historiador: es su deber. Haslam lo repite con admiración. Y nosotros, modestamente, también. Debemos evitar la superficialidad, la desinformación, el sectarismo; debemos evitar el uso sesgado e interesado de lo sucedido; debemos evitar el pasado como munición actual, como arma de choque. Y debemos escribir, porque al final una tarea básica del historiador es la de escribir, poner en orden eso que ha averiguado lo mejor que ha sabido y podido. ¿Y cuándo hay que escribir? Haslam detalla la escritura compulsiva de su biografiado, su placer y sus dudas, su empeño por describir con una prosa enérgica y exacta. Siempre estaba redactando y corrigiendo.

    “En lo que a mí respecta”, admitía Carr, “no bien llevo algún tiempo investigando las que me parecen fuentes capitales, el empuje se hace demasiado violento y me pongo a escribir, no forzosamente por el principio, sino por alguna parte, por cualquiera, Luego leer y escribir van juntos. Añado, suprimo, doy nueva forma, tacho, conforme voy leyendo. La lectura viene guiada, dirigida, fecundada por la escritura: cuanto más escribo, más sé lo que voy buscando, mejor comprendo el significado y la relevancia de lo que hallo”. Seguiría. Digo que seguiría recreando lo dicho por Carr y lo que Haslam tan elegantemente reproduce y analiza. Seguiría homenajeando su manera de enfocar la investigación; mostrando también sus errores. Pero hay que acabar. Un historiador también acierta, decía Carr, cuando sabe poner punto final a la marcha, al desfile: cuando admite que no podría o no sabría decirlo de otra manera.

     

  • Qué es la Historia
    Historiador y periodista inglés, E.H Carr fue un conocido estudioso de las revoluciones y dirigentes comunistas. Especialista en Relaciones Internacionales, el trabajo de Carr en la teoría historiográfica, en el que desarrolló una fuerte oposición al empirismo, se considera uno de los libros fundamentales para el estudio de la historia. 

    Su obra más conocida en español es su libro historiográfico ¿Qué es la historia?, donde sienta las bases de su pensamiento.

  • Combates por la Historia

    Lucien Febvre (Nació, 22 de julio de 1878 en Saint-Amour, murió, 26 de septiembre de 1956). Fue uno de los más importantes historiadores franceses. Centrado en la época moderna, se le recuerda por el papel que jugó en el establecimiento que fundó con Marc Bloch.

  • Historia para qué- Florescano
  • Historia para Qué-Texto de Luis González

  • .APOLOGÍA PARA LA HISTORIA O EL OFICIO DE HISTORIADOR

    "Papá, explícame para qué sirve la historia."

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